Ernesto Herrera: Vida y obra de un visionario

Ernesto Herrera: Vida y obra de un visionario

Por Diana M. Ruiz Morales

 

Hoy celebramos la trascendencia del personaje notable y el entrañable amigo. Es compartir unos cuantos pasajes de sus ilimitadas grafías, donde apenas abrimos una memoria compartida a su lado y un ejército de brillantes secuelas se abalanzan sobre la narrativa, haciendo imposible ordenar la abundancia de célebres momentos que cultivan ahora la identidad de una generación completa; es honrar ese anhelo de triunfo de tantas personas que tú siempre supiste tornar en anécdota y esa imborrable cercanía de quienes tuvimos la dicha de pronunciarte como familia. La certeza en las fechas de tu llegada y partida se presentan al final de estos párrafos, los cuales portan un orden distinto en su atavío, a usanza de quien se vale de la creatividad como un artilugio de construcción masiva. 

 

De voz sobria y un tanto atropellada, no existía manera en que las palabras se alinearan para ser enunciadas a la rapidez de su inventiva. Eso eres tú, un creativo en la absoluta extensión de su valía. Sin títulos ni requisitos, solo el ingenio vuelto realidad. Su andar es elegante y presto, de aspecto a primera vista tímido pero una saeta si oportunidad le brindas para conjurarte una idea. Si uno prestaba la atención adecuada y lograbas adentrarte en la zona de su mirada, habrías podido percibir la facción de contextos, tipografías, colores diversos, planos, texturas, sonidos y cuanta referencia a velocidad de bala atravesaba su instinto hasta el trazo ya puesto en escena. 

 

Ernesto Herrera gustó siempre del teatro como punto de partida y como final del juego. Supo esperar, aprendió a escuchar la lluvia, a distinguir praderas, a dialogar lo mismo con Antígona que con Krapp, incluso a dibujarle nuevas tonalidades al astro blanquecino. Fue montando osadas escenografías donde afinó la maestría y el sigilo, donde ganó los primeros respetos cuando junto a sus mejores amigos fundó en 1995 Luna Negra, un incomparable laboratorio de artistas de su ciudad natal con el que para marcar debut conquistaría el Teatro Cervantes de la capital quijotesca. Con el tiempo, le vimos portar una suerte de talismán escénico que le dictaba la próxima idea a desarrollar, no importa si su diseño poblaría un libro, algún recinto, un discurso pronunciado por el prójimo, la secuencia de una película o la palabra dirigida con afecto y una magnífica dosis de sarcasmo para el ser querido. 

 

El siglo XX aún no se consumaba cuando la potencia del trabajo de Ernesto Herrera ya cobraba vuelo, tomando lugar propio en el podio de la historia. Abordar cada proyecto que estelarizó es pretender domar la demasía, pues el corpus de designios y reconocimientos a la proeza de sus diseños es inacabable. Basta navegar la estirpe cultural de Guanajuato en los últimos 30 años para concertar que una notable mayoría de emblemas, carteles, campañas de toda índole, eventos, bibliografías y paisajes extraordinarios guardan su firma. 

 

Siempre pionero del uso de tecnologías creativas, atento de la vanguardia, su destreza es encomiable tanto en materia de política, turismo, educación o arte, como en la comprensión de procesos y la captura del instante clave. Significativo es honrar sus grandes aportes como jefe de diseño del periódico a.m., reconocido entre los importantes a nivel nacional; así como director de Imagen del Gobierno de Guanajuato. Pero revelador es el día que, junto a su inseparable hermano Jesús, fundaron lo que se convertiría en un laureado despacho de publicidad a nivel global, Zona Gráfica … su santuario.

 

En el trayecto le acompañaron la pasión por un equipo esmeralda y fiero de futbol, la fotografía y las prensas, el diseño ya fuera universal o gráfico, la desfachatada invención de palabras, pantones, volúmenes y composiciones, el gusto selecto por el café, las antigüedades y los finos artefactos de bazar. Vino después el inquebrantable enamoramiento para amplificar su nombre, la mudanza a San Miguel de Allende como preámbulo al mundo, las nuevas arquitecturas siempre de la mano de “Vida”, la colección conjunta de sellos en sus pasaportes y ese legado que no habrá de morir nunca para recordarnos al unísono la necesidad imperiosa y el inconmensurable valor de seguir construyendo ¡Más cine por favor! 

 

¿Cuántos no conocimos el amor de nuestra vida entre las andanzas del Festival Internacional de Cine Guanajuato? Qué inmensa resulta bajo esta noción la palabra amor, toda responsabilidad tuya y de Sarah Hoch. Ya fuera por la persona o por la profesión, esta idea seguirá resonando más allá de cualquier escenario, del paraíso que decidas escoger. En qué momento el sueño compartido se vuelve intención de miles, laurel de todos… ella y tú, indivisible binomio, sabrán seguirlo expresando. 

 

Hablar del GIFF, fundado por ustedes en 1998 primero bajo el nombre de Expresión en Corto, es adentrarse en uno de los capítulos más representativos de la historia del cine en México, en favor de su proyección y reflorecimiento. Deseaban posicionar nuestra industria cinematográfica en las cumbres añoradas y lo consiguieron, una gesta que por más de dos décadas no ha cesado de concentrar incontables esfuerzos para propiciar el máximo potencial de la creación fílmica de manera incluyente e innovadora. Bien podría ahora surcar 23 años del GIFF y las latitudes que ningún otro festival ha alcanzado, pero “nos faltan las páginas y sobran los motivos”.

 

El tiempo que Sarah y Ernesto coincidieron en complicidad deberá aprender a multiplicarse para dejar testimonio de los logros alcanzados por este dúo. Es esta la marquesina de su vida, su mejor obra la familia. Hoy celebramos la trascendencia del esposo, del hijo y del hermano; también del padre, de Happa el abuelo y del implacable mentor; del director, colega y autor; del amigo, del carnal, del viejo… hoy te celebramos querido desde cualquier butaca. Lo conseguiste todo y tu mejor virtud fue no necesitar nada. Se trataba solamente de regresar a casa y consentir a Sarah, dialogar con Nancy, con Santiago, fundirte por horas al abrazo de Eli y de Johan; era cuestión de recostarte y dedicar pensares a Soledad, tu madre, a tu fraternidad con Arturo, Alberto, Carlos, Felipe, Mercedes, Leticia, Martha, Rosario y Ana, a quienes desde niño moldeaste el ejemplo; era alcanzar todavía el teléfono y redactar un breve mensaje a Chuy o a Javier, tus sinónimos, para planear la diligencia del siguiente día; era cerrar los ojos descansando en la idea que la maquinaria de tu cabeza podía reposar en decenas de talentos que seguiremos tu ruta. Son tantísimos los nombres que sirvan estas líneas para en voz de cada uno extenderte el más cálido de los abrazos. Ya está, vuelve a casa. 

 

Sí, Ernesto Herrera Godínez nació en León, Guanajuato, un 20 de diciembre de 1964 para nunca más irse de este mundo. Fue un 12 de febrero del 2021, con 56 años cumplidos, cuando te convocaron para un nuevo llamado, hacia otra escenografía con el deseo que la habitaras desde la plenitud como siempre referías. Algunos dicen que fue el virus lo que te llevó, otros más que ya no estarás por un tiempo, como convencidos que el final es inequívocamente propio de lo que termina. Habrá que permitirles saber que tu vida y obra es mayúscula, extensiva e inolvidable; habrá que dejar en claro que esto no es propiamente un obituario ni una despedida… pues tú Ernesto, tú nunca serás una persona que estuvo solo de paso.