El Covid—19, ¿un sistema de salud fallido?

El Covid—19, ¿un sistema de salud fallido?

Al ir a prensa, desconocemos el final que esta historia tomará. Lo que sí, es que quien la vivió la ha contado así. 

 

“El doctor me dijo que me llamaba en un par de horas, y lo hizo. Yo pensaba que mi mamá (58 años, diabética) se recuperaba de la Covid—19; porque ya había comido un poco más, ya hablaba, y pidió a sus hijos que alimentaran a los abuelos. Y justo unas horas después de sentir un poco de alivio, el doctor Jiménez del Hospital General me llamó; sus palabras fueron secas, pero bien precisas–No hay que echar campanas al vuelo. Los pacientes con Covid experimentan una curva; es decir, un día están recuperados, y en cualquier momento, pueden recaer. Pero si en el transcurso de los siguientes días, su mamá le comenta que no puede respirar, no pierda tiempo, póngala en un vehículo y sin consentimiento, llévela al hospital”—dijo, y me explicó otros escenarios. 

 

Le dije “Quédate en Casa”

 

Nuestra fuente—que nos muestra recetas, mensajes de WhatsApp, llamadas, y otras pruebas de la historia—nos comenta: “cuando vi que el virus venía fuerte, le dije a mis papás que debían tomar precauciones. Mucha gente duda sobre la existencia, o falsedad del virus. Comenté que podíamos dudarlo, o no pero tomar las precauciones debidas. De hecho, para ir a mi oficina, evité el transporte público, y pedí ir con ellos cada día, pues a diario conducen al Centro, por diversas situaciones. 

 

Después del 20 de mayo, un día llegaron a recogerme—vivo solo, y me gusta—ya mi mamá presentaba tos. Aunque vestía su cubrebocas, le aclaré que por su condición (edad, diabetes y tos) debía quedarse en casa. Desconozco si lo hizo, y tal vez nunca me dirá si lo hizo. No los vi en una semana. Lo que sí recuerdo, es que los vi el 29 de mayo en su casa; habían pasado siete días. 

 

En la sala estuvo mi hermana Josefina (con tos), mi madre Villa, y yo. Estuve sentado en un sofá, y comencé a sentir malestar en la espalda. Villa comentó –tengo un dolor en la espalda, siento calosfríos, denme una frazada. Supe que era tiempo de irme, porque mañana teníamos actividades diversas en su espacio. Llegué a casa, todavía bebí una, o dos ginebras. Mi sorpresa fue la mañana siguiente. El dolor de espalda era intenso—mi piel parecía yeso, se rompía si trataba de moverme. Tenía fiebre, tos, y un cansancio que no cesaba; no tenía hambre, pero sabía que debía comer, aunque los alimentos me sabían a nada. Cuando inició la pandemia, compré paracetamol, y Tabcín. Llamé a mi doctor. Le expliqué los síntomas. Fue duro (no debes salir, eres un caso sospechoso de Covid). Mi enfermedad se curó después de cuatro días. Mi hermana Josefina luego me dijo—seguía con síntomas—que estuvo enferma al tiempo que yo. 

 

La decisión

 

Continúa nuestra fuente “no fui a la casa de mis papás en una semana. No quería llevarles el virus—lo que sea que fuese. Tal vez fue el destino, pero el 5 de junio topé a mi hermana, mientras yo caminaba a la oficina. Pregunté cómo seguía mi mamá (llamémosla Ofelia)—está mal, no puede hablar, tiene tos crónica, fiebre, dolor de pecho, de espalda, y está decaída, no quiere ir a un médico—me dijo. Llamé al neumólogo, y le pedí una cita para las 2:20pm ese día. Obligué a mi mamá a ir. Ya se había automedicado toda la semana. Un té de gordolobo, de manzanilla, inyecciones de penicilina, nebulizaciones, un masaje con pomada caliente, etc. 

 

Yo no la ví, hasta el día siguiente—remarca su hijo, Andrés. “Llegué a las 3pm a su casa. Estaba ahí, en su cama, con tos crónica. No abría sus ojos, no podía levantarse sin ayuda, tenía fiebre, y no había comido en tres días. La pude convencer de ir al Centro de Salud, pero cuando llegamos, a las 7:03pm del sábado, la doctora ya había salido. Decidimos ir al hospital general. 

 

Nos enviaron al área equivocada, senté a Ofelia en una banca, regresé por una silla de ruedas, y la llevé a la doctora que revisaba las enfermedades respiratorias. –¡No entre a este consultorio, es por su bien! —me dijo. Sonreí un poco (nadie lo notó porque tenía mi cubrebocas) yo la llevé en mis brazos a consulta, su cara (y tos) estuvo paralela a mi cara, pero eso no lo sabía la doctora, o no lo quiso ver. 

 

Cuando se dio cuenta que ella no podía siquiera decir su nombre, me dejó entrar. Preguntas de rutina, no pudo contestar. La doctora me llamó al exterior. –Le tomaremos una muestra a su mamá, y le pido la internet por lo menos hasta que sepamos el resultado—me dijo. La decisión no era mía. Le pregunté a Ofelia si quería quedarse. Asintió. Pero ya dentro del consultorio comencé a hacer preguntas, sobre cómo y cuándo la veríamos, o tendríamos información sobre su estado de salud. –No podrán verla—indicó la doctora, y continuó – toda la información se la darán por teléfono—aunque no sabía quién ni cómo, ni a qué hora. Continuó—por lo menos 72 horas estará aquí, si su caso resulta positivo, la llevaremos (con el consentimiento de familiares) a Celaya, León, Salamanca, o Irapuato, pero ustedes ya no la verían hasta que se recupere. Pero no nos adelantemos—eso sí lo aclaró. 

 

Mientras ella tomó las muestras (introdujo un hisopo por la nariz, otro por la boca. Tomó muestras de sangre) yo hice llamadas. Mis hermanas me dejaron la responsabilidad `lo que tú decidas’ dijeron. Lloré un poco, debo decirlo. Luego Ofelia tomó la decisión. Habló. `firma la alta voluntaria y vámonos´ dijo. Y yo no podía negarle el derecho a su cama, a su familia. La llevé a casa. A la receta del neumólogo, la doctora del Hospital General, agregó Salbutamol. Debía administrarse cada ocho horas. La prueba estaría lista en 72 horas. 

 

96 horas, “privilegiado”

 

Nuestro entrevistado continuó con la crónica de su historia. “Somos clasemedieros. Conozco a personas aquí y allá. Una amiga contactó al doctor Jiménez. Le pidió estar atento a nuestro caso. Tengo su número, le escribí cada día, o me escribió. Cambiamos medicamento, agregamos algunos, quitamos, pusimos, redujimos, aumentamos. Si mi mamá está viva hoy, él es pieza clave. Sin conocer el resultado, él estuvo ahí. 

 

Al llegar al día cuatro, me escribió –cómo sigue su mamá—le expliqué, igual le dije que no tenía aún el resultado—me aseguró que seguro la epidemióloga ese día me llamaría. Los casos siguen incrementando (precisó), y han estado ocupados. Más tarde le recordé, e insistió a la epidemióloga. Unos minutos mas tarde (no recuerdo el nombre de la mujer, ni puedo comprobar que sea epidemióloga) llamó, y dubitativa me dio el resultado—POSITIVO. Ella no tenía respuesta para mis preguntas. Al final se desentendió del caso pidiéndome que llamara al número 800 de la página electrónica de Coronavirus.guanajuato.gob.mx.

 

Eso sí, dejó claro que me llamaría cada día, o cada tercer día para conocer la evolución de nuestro caso. Y también remarcó, que los miembros de la familia que tuvimos contacto directo con el caso, ya positivo, podríamos tener acceso a una prueba, pero… solo si mostrábamos síntomas severos, nunca explicó, ni le cuestioné cuáles eran esos síntomas—ya los sé. He tomado los cursos del Instituto Mexicano del Seguro Social, y de la Organización Mundial de la Salud, para prevenir el Covid—19. 

 

El doctor Jiménez me llamó más tarde, y explicó la situación, así como la posible curva. No podía echar campanas al viento. Pero sí me aseguró que podía tener el acceso a las pruebas Covid, si mostrábamos complicaciones, no se nos negarían a los contactos directos. Me quedé mas tranquilo. Porque él conoce el caso, conoce el sistema de salud. 

 

Durante todo el proceso, tuve el acompañamiento médico del doctor; por el trabajo que desempeño, ya lo dije, conozco profesionales aquí y allá. Pero me pregunté ¿Qué sucede con los pobres, los otros que no tienen acceso a un número de WhatsApp de un profesional de la salud; a un médico particular, a un correo electrónico, a una llamada? Se van de la consulta médica con lo que los médicos dicen, y cuidan a su paciente en casa, quien, sin el acceso adecuado a la salud, seguro morirá. Otra de sus opciones es entregarlo a la ciencia—internarlo en el hospital—sin saber si lo volverán a ver. 

 

El sistema es fallido (dice la fuente) porque pasan cuatro días (si tienes suerte y un contacto dentro del hospital) para que conozcas el resultado; porque no te dan acceso a las pruebas, aunque tu contacto haya sido directo con el caso positivo; porque no te dan un folleto para cuidar a tu paciente, y para cuidarte a ti. Porque dicen que te llamarán para ver cómo evolucionará el caso, y no lo hacen. El sistema está fallido porque la gente sigue haciendo su vida normal, sin saber que puede ser asintomático. Porque no te dan seguimiento, no te dan las recomendaciones correctas, porque asumen que ya lo sabes, porque están rebasados, porque no te quieren hacer las pruebas, por estas y muchas razones, los casos seguirán aumentando en la ciudad, el estado y el país.  

 

Seis Días

 

Nadie quiere no dormir en su cama uno, dos, tres, cuatro días; a menos que sea por vacaciones. Nadie quiere estar cuidando a una enfermo de Covid—19 de las 10pm-7am. Porque se quejan, porque no pueden respirar, porque tosen en cualquier momento, porque arden en fiebre, porque están sudando, porque no se mueven. No sabes si en cualquier momento morirán. 

 

Lo peor, es que quieres hacer todo, pero no puedes hacer nada médicamente; tal vez arreglarles la almohada, la cobija o sábana, ofrecerle agua, darle la medicación… Quisieras entrar en su cuerpo, golpear al coronavirus, para que se extinga. Le cuentas el caso a tus amigos, pero les pides secrecía, porque sabes que la sociedad es cruel.

 

Si no crees en dios, llegas a creer en un ente que está ahí; entonces te aíslas, reflexionas, lloras en silencio, le rezas, le pides que tu familiar se recupere, y con un poco de suerte; tal vez con un poco, tu familiar comenzará a comer un poquito más. La fiebre y el dolor comenzará a disminuir. Tu familiar abrirá los ojos un poquito más cada día. Te verá, llorará, te pedirá morir, pero sabes que tu labor es mantenerlo vivo. Con un poco de suerte el dolor comenzará a irse; hablará. Te contará sus pesadillas en que vio al muerto, o a la muerte; comerá, se levantará, sonreirá un poco, y entonces, tal vez, solo tal vez, después de seis noches sin dormir, podrás dormir en tu propia cama—seis si tienes la suerte de tener hermanos, hermanas, u otros familiares que te ayuden a cuidar al paciente”. 

 

Nuestro entrevistado finalizó “no sé cuándo, ni cómo, ni a qué hora me llamarán. Sé que le deben hacer una prueba final, cuando los síntomas desaparezcan, para saber que el virus está terminado, pero nadie me llama”. 

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